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José Loureiro

Luz Máxima

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La primera y hasta ésta única exposición de José Loureiro (Mangualde, Portugal, 1961) en la galería Distrito 4 tuvo lugar el otoño de 2008 y se titulaba Minibar. Mi primer contacto con su obra y su persona se produjo unos meses antes, motivado por mi participación en el libro-catálogo editado por el Centro Cultural Vila-Flor con el apoyo de sus galeristas lisboeta (Cristina Guerra), vienesa (Grita Insam) y madrileña (Distrito 4).

Aquella muestra descubrió en nuestra escena a un artista que afirmaba que la suya era “una pintura sobre la pintura”, y que estaba convencido que “las pinturas provocan otras pinturas”, un doble aserto que le aproximaba a territorios bien conocidos tanto por algunos pintores españoles, como por otros, como él foráneos, pero cómplices en una invasión pacífica de la abstracción.Caracterizaba su trabajo entonces la relevancia casi absoluta que daba a la estructura del cuadro y el que todo acontecimiento significativo ocurriese en la superficie misma de la tela. También, la importancia sin orden jerárquico, pero sí funcional, de la pincelada –“donde está la esencia de la pintura”, decía– y algunos modos constantes en su empleo, como la superposición, la repetición y el ritmo. Se apreciaba, inmediatamente, una reducción estricta de los dispositivos visuales, de los que se limitaba a la partición y fragmentación mediante la parcelación y partición de la superficie, exploraba así las múltiples vertientes de la forma del cuadro en el interior del cuadro, y en sus propuestas más complejas abolía la ortodoxia de la ortogonalidad.

La pieza principal de la exposición y que le da título es Luz máxima, una versión más doméstica del Bosão de L. que, ahora, con una superficie ocupada de 200 x 542 centímetros, adquiere connotaciones más de cuadro que de mural y pierde en velocidad lo que añade en intensidad y concentración. Curiosamente, en este caso los colores utilizados son sólo 19, pues la pieza negra se repite en las dos columnas. Su diálogo con la pieza compañera, Sin título, 2012, compuesta por un solo módulo longitudinal al que se añaden superpuestos otros cinco menores, permite calibrar las diferentes y diferenciadas sugerencias visuales que cada uno proyecta. De algún modo, ambas se suspenden en el espacio que generan.

Un antecedente remoto de la composición de Luz máxima podría ser la instalación Sin título que Loureiro realizó en 1998, un mural de más de tres metros de alto por diecisiete de ancho, para el Montepío Geral de Setubal. Allí, barras cerámicas de la misma longitud, separadas por distancias iguales en vertical y horizontal, marcadas por tambores excavados, constituían una pantalla de luces y sombras ante la pared del edificio. Un científico, el físico João Seixas, aprecia, convincentemente, que el color blanco actúa en Bosão de L, y lo hace también en Luz máxima –aunque a una escala menor– como el vacío que, a escala elemental y cósmica, constituye el universo. Ambas obras cumplen un juego dicotómico entre existencia y presencia, ancladas en la pincelada y el color, y el albo vacío de la nada, que más que fondo es campo de energía.

Dicotomía o controversia de iguales diferenciados que resulta apreciable desde sus dibujos de mediados de los años noventa –como pudimos comprobar en la exposición As piores flores en el centro Culturgest, de Lisboa–, aunque en estos la figuración directa extraída de imágenes dobles, desempeña un papel sentimental más literario que sus actuales abstracciones, radicales sí, pero tocadas, siempre, de un halo referencial.

marzo 2012
-Mariano Navarro-