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José Manuel Ballester

Espacios Ocultos

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Galería Distrito Cu4tro abre la temporada con Espacios Ocultos, exposición de la obra más reciente de José Manuel Ballester (Madrid, 1960).

Hay momentos, en efecto, en que los árboles nos impiden ver el bosque. El proverbio se aplica a la contemplación de la naturaleza, pero también a la traslación artística de ésta, que no en balde ha formado un género pictórico autónomo, el del paisaje. Como fondo, el paisaje ha tenido una historia muy antigua, pero no logró librarse de su subordinación –y sólo relativamente– hasta bien avanzado el siglo XVII. El problema era que la naturaleza en sí y, por tanto, su visión artística producían aprensión y recelo si no se lograba estampar un cierto sello humanizador. Sólo cuando el horizonte humano se fue ensanchando hasta una dimensión no sólo planetaria, sino cósmica, se pudo comprender que era imprescindible despejar nuestra mirada de lo que empequeñecía nuestra visión: de nuestros miedos y el correspondiente lastre de prejuicios. En este sentido, el franqueamiento completo del paisaje como genero se produjo en nuestra época, en la que ha sido posible contemplar la naturaleza sin, por así decirlo, ser visto. Esta revelación sigue siendo hoy un creciente desafío sin límite a la vista.

Hay que empezar por estas consideraciones, muy apretadamente sintéticas, si se quiere abordar el proyecto que nos plantea José Manuel Ballester , que, en primera instancia, ha querido “limpiar” la pintura de paisaje histórica de toda la anecdótica humana, pero, en segunda, para trastocar el orden visual establecido de las cosas; esto es: invertir su jerarquía, dando prioridad a lo tradicionalmente considerado como en “segundo plano”.

… Se trata de puntos de vista “subvertidores” de lo que se entiende como el uso normal o normalizado de relacionarse con una obra de arte o con un museo, pero no sólo para con ello cuestionar su inercia obcecada, sino para, en efecto, “rehacerlos”. De manera que, eso es en principio lo que nos propone Ballester con sus análisis “clarificadores” de reconocidos cuadros del Museo del Prado, en todos los cuales la estrategia dominante o el guión ha consistido en despojarlos de figuras humanas y de sus menesterosas o atribuladas acciones, quedándose sólo con los telones de fondo de sus respectivos paisajes.

… El planteamiento de Ballester es, digámoslo así, complejo, como lo ha sido su propia trayectoria, sobre la que es bueno hacer un inciso muy al hilo de lo que estamos tratando. Los primeros pasos artísticos de Ballester estuvieron encaminados por la senda de lo que se entiende como arte realista, en cuya práctica obtuvo un singular reconocimiento crítico que auguraba un futuro confortable. No obstante, pronto dio visos de desafiarse a sí mismo de la única manera que cabe hacerlo, que es la de buscarse “complicaciones”, lo cual se pudo apreciar a través de ese vasto y peligroso mundo del arte gráfico, en el que se puede encallar si alguien se queda en el virtuosismo artesanal. Ballester no sólo no lo hizo, sino que enseguida se puso a explorar otros horizontes, como el de la fotografía. Tampoco se arredró a la hora de encarar otros paisajes físicos y antropológicos, como la ahora vertiginosamente cambiante China. En suma: que, sin necesidad de hacer ahora un recuento completo de todas sus investigaciones y tentativas, cabe apreciar cómo Ballester no ha cejado de cuestionarse sus propias posibilidades personales y las del mismo arte. En este sentido, yo no creo que la historia de Ballester hasta el momento presente se pueda resumir en, por ejemplo, el paso de un pintor a un fotógrafo, sino en su obstinación por dar un libre curso a sus inquietudes artísticas a través de las experiencias, soportes y técnicas que ha estimado necesarios. En realidad, Ballester no ha quemado o quema etapas, sino que ha voluntariamente enredado las perspectivas y los papeles, de forma que, por explicarnos, piensa la pintura mediante la fotografía y esta mediante aquella. ¿Y no hay algo en todo ello que nos recuerda la alambicada forma con la que Vermeer se planteaba su elogio del arte de la pintura a través de la sutil negación de lo que tradicionalmente se entendía como su regulación ideal?

Sea como sea, tras estas aclaraciones de principios, volvamos sobre el “tema” de su presente exposición: el despojamiento de los cuadros del Museo del Prado, entre los que nos encontramos con media docena de célebres paisajes “interferidos”; esto es: que no lo eran de forma plena hasta que él los ha transformado en tales. La selección que ha hecho al respecto es ya de por sí muy significativa, empezando hasta por la rasante de su acotación cronológica, porque se centran en los siglos XVI y XVII, que son cruciales precisamente en la historia del paisaje como género. Tampoco puede obviarse que sus autores pertenezcan a los Países Bajos e Italia, los responsables no solo de la modernización de la pintura y del paisaje como género.

¿Cómo, en fin, asumir esta crónica de la temporalización del paisaje y de la pintura mediante la luz, tal y como ha planteado Ballester a través de la manipulación desfigurativa de varias obras maestras históricas? Pienso que como una reflexión sobre el arte, cuyos reflejos siguen hoy operativos, como así nos lo revela la visión de Ballester, estampador de los misterios de la luz.


(Extracto de Los árboles y el bosque, introducción de Francisco Calvo Serraller al catálogo de la exposición)